Crónica: Máquinas de tortura sobre ruedas.

El alumbrado público se difumina ante la gama luminosa de colores que impactan sobre los cristales de los autos hasta mezclarse en un reflejo plagado de niños acompañados por sus padres. Cruzo la banqueta hacia el otro extremo; la feria ha llegado a la colonia. 

Salta a mi vista un carrusel de carne y hueso con seis ponys atados a una máquina, que los incita a galopear a un ritmo que cualquier soldado envidiaría. El cansancio se hace notar en sus patas; sin embargo, la risa de los infantes los contagia para continuar hasta el último apagón. 

La calle está cerrada, el oscurecer de la noche resalta aquellos colores fluorescentes de cada uno de los puestos que si bien ofrecen botana y quesadillas, los hay aquellos que tratan de ganar unas monedas por el hecho de encestar en la canasta. Variedad de recuerdos me inundan por completo. 

Algo enigmático se asoma al final de la calle, ahí donde el alumbrado público se va opacando y lo único visible es una rueda de la fortuna, con focos de colores, impulsada por dos llantas que, por su aspecto, parecen tener un uso ya considerado. El peligro de la noche se ha hecho presente.

Alaridos de un muchacho, en lo alto de aquella rueda mecánica, se hacen presentes al decir: “No mames, está cabrón wey”. Cada palabra se difumina al momento en que aquella llanta peligrosa hace rechinar, mientras se observa como aquellos valientes luchan por mantener sus cuerpos en el asiento. 

Aquel escenario provoca en mí un grado de nerviosismo ante inmesa majestuosidad o podría decirse “monstruosidad”. La vuelta de ellos ha terminado. Mi amigo me voltea a ver con una mirada persuasiva; capto de inmediato sus intenciones. Ahora es nuestro turno.

Un pacto hecho con apretón de manos entre él y yo sirve como boleto de entrada. Dudosos antes de subir, volteamos a vernos uno a otro, mientras el operador espera con la mano extendida el peaje de cincuenta pesos. Nos dice con toda tranquilidad: “Súbanse”. 

Cuatro asientos de acompañamiento se muestran frente a nosotros, todos están ocupados excepto el de la esquina derecha. Por mi mente pasan aquellas noticias leídas sobre accidentes en las ferias sobre ruedas del D.F. Ya es tarde, el operador cual verdugo en plena guillotina, nos enjaula en aquellos barrotes de metal delgados. Mis manos se aferran a ellos y mis pies tratan de hallar un hueco del cual sostenerse. 

Sin previo aviso, el rechinido se hace presente. Mi cuerpo ha sido catapulteado hacia atrás y hacia adelante; los de enfrente alzan los brazos y empiezan a menearlos de lado a lado. Ha llegado el momento de cerrar los ojos esperando a que todo pase en cuestión de segundos. 

Vuelta tras vuelta la adrenalina se apodera de mí, grito por momentos, mi cuerpo está de cabeza, pero resisto a pesar de aquel temblor en mi pierna izquierda, que a causa de su salida del agujero, no accedía a calmarse por el resto del viaje. 

Abro los ojos por momentos, veo barandales y luces que atraviesan mi visión repetidamente: grave error. Al notar los primeros indicios de mareo los cierro y es cuando me doy cuenta que ahora vamos en reversa, mi cuello empieza a tensarse, trato de safarme de aquella posición; comienzo a sentir un apretón en mi mi nunca. Un movimiento en falso y sería el mal recuerdo de la celebración del día de hoy. 

Soporto hasta que vuelvo a escuchar el milagroso rechinido de la llanta, cual campana que marca el final del último round. Abro los ojos, he sobrevivido.

La alegría me invade al ver al operador que sube hasta mi jaula y me libera de aquella máquina de tortura. Piso el concreto y vuelvo a la realidad; sin embargo, sé que he llegado a la vejez al mirar hacia atrás y ver las risas en las caras de los niños. El miedo no se ha apoderado de ellos aún, imaginan lo mejor una vez que están arriba, mientras uno ve hacia el pasado y se percata que aquellos viejos años ya se han esfumado. La valentía inocente se ha desvanecido.

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