La Muralla de la Inocencia

Por: Don Errata (Oliver López)

La separación de dos realidades está materializada en un muro que llevó a dejar afuera a aquellos quienes creyeron nunca ser victimizados. La muralla de la inocencia ––plagada de hombres y mujeres jóvenes quienes luchan día a día del otro lado de ella–– pasó a convertirse en un velo que cubrió los ojos de aquellos quienes imaginaron nunca poder volver a entrar. Sólo veían por fuera aquella valla que tanto esfuerzo les costó construir.

Durante un periodo de su vida, los letrados habían luchado por tres años para estar del otro lado de la muralla. Algunos le llaman la tierra prometida, porque el ingreso a sus interiores permite un escape al fracaso, una nueva oportunidad, un despoje y una madurez hacia las glorias a las que la mayor parte de la población no ha podido acceder. La inocencia de sus habitantes es recíproca, el orden es imaginario pero latente, y el pacifismo el arma que vigila el perímetro de cada puerta que está teñida con el miedo de que algún día alguien podrá penetrar en ellas.

En el otro mundo están los mortales ––algunos les llaman los bárbaros–– quienes son, realmente, aquellos que envidian lo que algunos lograron cosechar. Dicen que planearon su ataque desde meses antes, pero nadie se lo esperaba. Llegaron sin siquiera abrir fuego a discreción. Tomaron palos y piedras y ––con armas hechas por ellos y una que otra de hierro–– decidieron dar pie a su plan.

Los bárbaros actuaron infraganti y todo resultó según lo esperado; la tierra pacifista quedó ensimismada ante dicho ataque. Los otros no tenían con qué defenderse, mientras los rebeldes sitiaron la tierra prometida hiriendo a su paso a unos cuantos quienes nunca pensaron que quizá su vida podría haber terminado en un sólo instante. La destrucción de la base principal ––encargada de la difusión de información a la comunidad–– era el objetivo de los bárbaros y, la conquista del territorio, una oportunidad para darse a respetar y conocer al fin la gloria de la victoria y la dominación lograda mediante la violencia.

Los inocentes tuvieron que migrar de su lugar de origen, algunos buscaron ayuda pero ésta llegó tarde. Otros se arroparon en tribus lejanas mientras varios vieron que la muralla no era más que un señuelo casi de papel que fue penetrado por el fuego de la violencia de aquellos que nunca mostraron su rostro y que posiblemente se trataba de gente a la cual le robaron su lugar después de los tres años de preparación hacia la tierra prometida. Los bárbaros buscaron su venganza y la obtuvieron.

La muralla intercambió los bandos a pesar de que las fronteras unidas seguían existiendo; sin embargo, ahora la niebla había dominado las tierras de la sabiduría. El miedo de los bárbaros de seguir siendo aborrecidos por los inocentes terminó por convertirse en una preocupación donde el regresar a la tierra prometida ya no sería lo mismo para los letrados. La mancha de la maldad los había despojado de su patria y muchos se preguntaban si el volver sería lo adecuado… “¿Quién cuidará de nosotros ahora?, ¿la muralla ya no es segura?, ¿tendremos que migrar hacia otra de las tierras prometidas existentes?, ¿habrá que pelear pacíficamente como bien nos han enseñado nuestros mentores? ¿Es la violencia el único medio para ganar las batallas? ”.

La diplomacia y el bien hacer de los inocentes los llevó a un acuerdo. Fueron vencidos aquel día, pero sabían que su astucia y preparación los llevaría a recuperar lo que siempre les había pertenecido. El Sitio de la Tierra Prometida duró sólo dos días. Guerreros aliados de los inocentes trataron de cruzar las puertas de la barrera recién violentada, los bárbaros los recibieron con fuego y pedradas. No obstante, al tercer día, los inocentes fueron avisados de que las puertas de la muralla al fin estaban abiertas.

Algunos decidieron volver y lograron atravesar nuevamente las puertas hacia el camino de la sabiduría. Al cruzar del otro lado, el velo desapareció de sus ojos, los bárbaros se habían ido y fueron informados de esto por los altos mandos quienes lograron despojar a los rebeldes mediante el acto de la no-violencia.

Las preguntas, una vez manifestado el regreso a la tierra prometida, fueron: ¿Es en sí la muralla una forma clave de librarse de los grupos violentos o es el medio para resguardar a aquellos inocentes que preservarán el conocimiento? O quizás: ¿Es la muralla una forma de “violencia pacífica” materializada en su inmovilidad y majestuosidad?

La respuesta no es querer dividir a la población mediante la muralla, sino más bien  evitar la propagación de prácticas violentas que no llevan a un sentido. Atacar sin ser atacado, aprovecharse de la inocencia para destruir propiedades cuando realmente nunca se fue amenazado e irrumpir en un mundo en pro de la humanidad es saber que existe gente irracional y violenta detrás de las murallas no sólo físicas, sino también cognitivas.

El simple actuar de los bárbaros ha demostrado que la verdadera muralla no es la que ellos pueden ver, sino la que vive dentro de ellos plasmada bajo un sentir, una emoción, una idealización de lo que creen que deben hacer, pero que realmente no conocen porque simplemente nadie les ha dicho lo que es correcto hacer. Sus instintos siguen las pulsiones y los instintos de otros.

Actuar bajo las máscaras anti-identidad revela el bajo perfil de quienes están involucrados en estos grupos de violencia. Lo que hicieron puede tener perdón porque no saben en el fondo lo que hacen ni por qué lo hacen, sólo lo hacen porque los demás desean hacerlo para lograr un fin sin sentido.

Lo que únicamente les queda es perdonarse a sí mismos por saber que han errado al pertenecer a un grupo que no los llevará a conocer lo que bien pudieron haber conocido si hubiesen logrado ser aceptados en la tierra prometida, aquella en donde la muralla de la inocencia ha recobrado su luminosidad y la cual seguirá dando oportunidad a los redimidos quienes vengan en pro del conocimiento y la auto-reformación. Mientras tanto, ahora serán consignados porque la violencia no es un medio para un fin, sino ––como ya se vio–– es más un escape ante aquellas pulsiones incontrolables que deben aflorar aunque sean, en sí mismas, completamente irracionales.

Barbaros

muralla

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