El hombre sin almohada

Por: Don Errata  (Oliver López)

¿A quién le pregunto?

Nuevamente, he decidido retomar la terapia de cada día, aquélla que me ayuda a comprender realmente lo que sucede a mi alrededor, lo que me permite liberarme de mis miedos, inquietudes, enojos. La terapia nocturna ha llegado y mi cama se convierte en el psicoanalista de mi futuro progreso. Sin embargo, desde hace un mes ya no he podido desahogarme como lo he deseado. Mis almohadas han desaparecido; duermo ahora cual  vagabundo sobre un suelo sin acolchonar. Las dudas las consultaba con mi almohada, pero ahora me pregunto: ¿Quién me aconsejará y escuchará mis plegarias?

Recién acostado, volteo hacia el techo y veo en él una obscuridad inerte y escasa de respuestas. Mis párpados tiemblan y mi mirada se mueve sigilosamente de a lado a lado cual péndulo en búsqueda de hallar de un equilibrio oportuno. Comienzo a reflexionar –en el vaivén de miradas– la terrible situación que me ha atormentado desde hace tiempo: ¿De qué hablamos cuando hablamos de nosotros mismos?

El egoísmo puro se apodera de nosotros. En mi caso, prefería hablar de mí mismo con mi antigua almohada, que ahora ha partido para siempre. Pero, si puedes observar detenidamente a quienes te rodean, en sus palabras hay un cierto halo de misterio, incomprensión y avidez por la búsqueda del reconocimiento de una propia verdad o mentira que sólo puede hacerse visible en la enunciación de las simples y llanas palabras expulsadas por cada una de esas personas.

Hablan, escuchas; tratas de replicar, no puedes. Su discurso de ellos sigue continuando y te preguntas: ¿Hasta cuándo parará este martirio? o quizás ¿Hasta cuando se dará cuenta esta persona que, entre toda esa maraña de palabras, esconde secretos que no puede revelar?

Los miedos se esconden en nuestro inconsciente y no queremos que salgan a flote. Pero, si queremos hablar de nosotros mismos, los demás deben saber quiénes somos realmente. Al final de cuentas, somos humanos, no somos perfectos. ¿Por qué temer a lo desconocido o al rechazo? Si de algo aprendí en mis largas noches de terapia con mi almohada es que uno de nuestros mayores temores es no ser amado por quienes quisiéramos y, por otro lado, lo que más amamos es ser escuchados.

¿Cuántas veces hemos estado frente a frente con alguien y poder soportar su silencio? El silencio es la prueba ante el egocentrismo discursivo de nuestra propia voz. En él podemos no sólo admirar a la persona que tenemos en frente, sino contemplar la atmósfera que nos rodea, aquélla que trata también de mandarnos respuestas con una serie de elementos que quedan grabados en nuestra memoria.

El verdadero desafío es difuminar los horrores de la reciprocidad yoica y buscar el rescate de los pequeños detalles que la vida ha puesto frente a nosotros. Entonces, ¿por qué seguimos “inmortalizando” en fotos detalles sin importancia en cada una de nuestras cámaras?

La memoria es el verdadero baúl de los sentimientos ocultos. Los encuadres guardados se quedan impregnados con todos los elementos posibles que están presentes en nuestro momento significativo. La imagen digital -por mas que lo desee- jamas podrá cumplir con todos los requisitos que nuestro cerebro –con sus sentidos– es capaz de almacenar.

Aún falta mucho por aprender; hemos retrocedido hacia este comportamiento yoico y de protagonismo. La cámara se convierte en el capturador de hechos que originan alabanzas, envidias y decepciones. La gente habla de sí misma por medio de este soporte. ¿Qué están revelando de sí mismos y que están escondiendo en realidad esas personas? No hay una reciprocidad en esta cuestión.

La gente comparte imágenes, revela lo mejor de sus vidas, pero no hay un alto; sin embargo, se sienten amadas, porque saben que alguien las está “escuchando” o tomando en cuenta. Ahí es cuando la felicidad se vuelve esclava de la aceptacion del otro. Si no somos correspondidos como queremos, resultamos ser personas incomprendidas y sin anhelos de continuar. La gente puede olvidarse de todo ello mediante un simple incremento de apreciación por parte del otro, aquél que no conoce y que simplemente está del otro lado de una pantalla o que quizá solamente ha tenido una escasa interacción con él. Pero, para esa persona, el desconocido se vuelve en el incentivo de una felicidad. Actualmente, se confía más en el extraño que en nosotros mismos. Buscamos el consuelo en lo que otros pueden decirnos que en lo que nosotros mismos podemos decidir. Si no hay nadie que valore mis logros, no existo.

La vida nos ha ido deteriorando poco a poco y cada uno de los tropiezos se han vuelto minas que han ido hiriendo nuestro propio camino. Si seguimos hablando de nosotros mismos, habrá un momento en que nadie querrá escucharnos; se hartarán de nosotros y pondrán ante nuestra propia vista la barrera del silencio que nadie ha logrado superar.

Tratar de golpear a nuestro propio orgullo es lo que permitirá ver más allá de las mismas historias. Existen millones de relatos allá afuera que necesitan ser escuchados, quizás alguno de ellos ayude a complementar problemas que nos han invadido desde tiempos inmemoriales o tal vez se conviertan en lecciones de vida para cada uno de nosotros.

De lo que sí estoy seguro esta noche es que pude darme cuenta que, pese a la falta de almohada, las reflexiones nocturnas han vuelto con un logro: al fin pude aprender a escucharme a mí mismo sin necesitar a alguien más a mi lado que respondiera a cada uno de mis cuestionamientos. La respuesta está en mí, no en una bolsa de plumas.

hombre-durmiendo

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