Inesperado

Por: Oliver López

Sabía que era el momento preciso, la hora, el día, la noche. Me había pasado escuchando toda la tarde aquel disco de canciones románticas que jamás creí poner. Supe en ese momento que me estaba enamorando.

Me miraba el espejo, me peinaba una y otra vez acicalando mi cabello y mi copete de un lado a otro. ¿Le gustará a ella de esta forma o mejor lo dejo como estaba? Mi bienestar comenzaba a desprenderse poco a poco hasta colocarse en un plano donde ella desde lo lejano mantenía poder sobre mí.

Dieron las 8:00 de la noche. Y ahí estaba esperando bajo la noche polar de enero, con el frío resbalando sobre mi cara resecando el gel barato que hace unas horas había logrado untar sobre aquel cabello que ahora parecía tieso, congelado.

Miraba el reloj y volteaba de izquierda a derecha esperando su llegada. Vi un coche pasar, era blanco, definitivamente tenía que ser ella. Desbloquee mi teléfono y lancé la pregunta:

—¿Acabas de llegar, verdad?

—Sí, jajaja. Estoy en la esquina —respondió ella mientras yo caminaba directamente sin parar de ver el celular, tratando de esquivar a aquellas personas que caminaban sobre la acera.

Abrí la puerta y subí al coche. Ahí estaba ella sentada con aquel saco de color durazno el cual portaba aquella primera vez que nos vimos. En aquel entonces no le había dado tanto importancia, pero ahora esa prenda aterciopelada la hacía lucir como un flamingo, resaltaba su cuello y la hacía ver más elegante que el propio cuero del interior de su auto.

Llegamos a la cafetería, bajamos y ella pidió un capuchino y yo un chocolate. Los momentos a su lado se hacían eternos, envolventes, repletos de felicidad. Platicamos del trabajo, el cine, decepciones, miedos. Nos adentrábamos aún más en la vida de cada uno; sabía que ella —quizás— anhelaba lo mismo que yo aquella noche.

Dieron las 11:00 de la noche, ya era tarde. Decidimos pagar la cuenta y abandonar el pequeño local. Volvimos al coche y diez minutos después estábamos estacionados otra vez. Era el turno de la despedida.

—Creo que es momento de irme —le dije mientras por mi mente pasaba que era momento de avanzar hacia terrenos más carnales.

—Me parece perfecto. —dijo con un tono frío y preocupadizo.

Un silencio incómodo, pero necesario para el siguiente movimiento. Comencé a acercarme a ella y ella también hacía mí. Nuestros labios tocaron terreno y los vidrios habían quedado empañados y el calor dentro del coche se había acrecentado. Jamás había creído volver a pensar en que una noche como esta llegaría.

El beso fue prolongado, húmedo, suave, pasional. Ahora nos mirábamos a los ojos. La tomé de la mano y le dije:

—Las cosas inesperadas a veces surgen en los días menos pensados.

Ella soltó una risa tímida, inocente y respondió:

—Sin lugar a dudas, hoy fue uno de esos días.

Sonreí de vuelta y quedamos en escribirnos, en avisarnos que ambos llegamos con bien a nuestras casas, que aquel aviso serviría como un pretexto para seguir hablando, para continuar con aquella conversación que había quedado pendiente, para reavivar el fuego que aquella noche fría de enero quería apagar, pero que no pudo hacerlo.

Abrí la puerta, salí del auto y me dirigí a la esquina de la calle para esperar un taxi mientras a lo lejos veía las luces rojas traseras de su coche que se alejaban por la avenida hasta desaparecer. Fue en ese momento cuando supe que mañana ya no sería otro día igual, mañana sería un nuevo día, uno repleto de alegría y letanía por saber a qué hora podré verla otra vez.

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Desconocido

Hay algo que me persigue. Es tan oscuro como el carbón. Se esmera en seguir mis pasos hasta la punta de mi talón. No lo puedo tocar, invisible parece estar. Le hablo y le grito, parece no responder. Me alejo un poco y se mimetiza en el aclarecer. Trato de pisarlo, pero su fuerza es meramente inherte e invencible. Parece no existir; sin embargo, esta ahi: firme, oscura, chata, deforme, arrogante… Mi padre dice que la deje en paz, que ella siempre estará a mi lado y que en ella debo confiar. ¿Cómo cederme ante algo que sólo aparece cuando el sol se postra en mí? Es la sombra, dice mi padre, aquélla que por más que una la ve, nunca podra desaparecer. La dualidad misma existe, nuestro cuerpo refleja el día y la sombra nuestra noche.

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Cuarto Menguante

Por: Don Errata

Suenan pasos a mi alrededor. ¿Qué es esto que oigo? ¿Habrá alguien ahí…? No creo levantarme. La duela rechina lentamente y mis tímpanos perciben aquel ligero y delicado vibrar. Sigo con los ojos cerrados, puede que sea mi imaginación o al menos eso espero creer yo. Mis párpados continúan descansado pegados a mis oculares como viejos parabrisas bajo un rayo de sol de verano; siguen sin funcionar al menos hasta que algún trueno los haga moverse.

No soy el único que piensa en que estás ahí. Miles en el mundo, quizás, hagan lo mismo que yo en este momento; sin embargo, este día es diferente, este día puedo percibirte, este día puedo oler ese aroma diferente en el ambiente; sé que podré verte otra vez. 

 

Si estás escuchando lo que suscita en mi mente sabrás que sigues latente en mí, la pérdida me hizo fuerte, no endeble. El rencor se convirtió en superación, las marcas quedaron cicatrizadas una vez supe que siempre tuviste tiempo para volver. Bien… ha llegado el momento, la luz ha bajado, la penumbra entra por la ventana y oigo el tic-tac del reloj que con estruendo impacta en estas paredes solitarias.

¿Puedo abrir los ojos ahora? Es el momento, sólo di si una vez que lo haga quedarás inmortalizada para siempre, al menos en mi memoria y si no, por lo menos di que podré descansar sabiendo que las fronteras no existen y que nuestros caminos podrán vincularse llegado el cuarto menguante.  

 

Los he abierto. Increíble hallazgo, distorsión de polvo convertida en simetría perfecta, ahora puedo verte de nuevo. Recuerdo aquellos viejos tiempos en que supe que eras así, por fin te he recuperado. Ahora no podremos separarnos, a menos que el pecado nos junte de nuevo; sé que he vuelto a ser un hombre completo, un hombre cotidiano, he regresado a ser el que fui antes.

Ahora la vista ha vuelto a mí, la oscuridad me había alejado y los sonidos me habían orientado. Ahora espero ansioso la llegada del nuevo amanecer para apreciar ––en plenitud máxima–– aquellos tonos que me fueron arrebatados años atrás cuando no reconocía la importancia de tenerte junto a mí. Puedo ver ahora en el espejo la nueva escama de aquella silueta que alguna vez fue solamente negra.

 

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