Día de Contingencia en el Distrito Federal

Desde las 5 am ya no hay vagón por cual hallar un hueco, ni un buen ratero que lo quiera a uno bolsear. A travesar la línea 1 es un demosche. Toda la rufia sólo quiere trabajar.

Los vagoneros sufren con la contingencia. Ya ni siquiera los dejan ni vender. El boletaje ya anda en cero pesos, pa’ que manejo si en el metro uno puede viajar.

Los hedores y el sudor no es algo nuevo. Los arrimones comienzan a las 2. Los policías ahora sí tienen trabajo. “Pues Don Mancera ya me envió a trabajar”. Así es un día de contingencia en el Distrito Federal: ¡Día de contingencia en el Distrito Federaaaal!

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La Muralla de la Inocencia

Por: Don Errata (Oliver López)

La separación de dos realidades está materializada en un muro que llevó a dejar afuera a aquellos quienes creyeron nunca ser victimizados. La muralla de la inocencia ––plagada de hombres y mujeres jóvenes quienes luchan día a día del otro lado de ella–– pasó a convertirse en un velo que cubrió los ojos de aquellos quienes imaginaron nunca poder volver a entrar. Sólo veían por fuera aquella valla que tanto esfuerzo les costó construir.

Durante un periodo de su vida, los letrados habían luchado por tres años para estar del otro lado de la muralla. Algunos le llaman la tierra prometida, porque el ingreso a sus interiores permite un escape al fracaso, una nueva oportunidad, un despoje y una madurez hacia las glorias a las que la mayor parte de la población no ha podido acceder. La inocencia de sus habitantes es recíproca, el orden es imaginario pero latente, y el pacifismo el arma que vigila el perímetro de cada puerta que está teñida con el miedo de que algún día alguien podrá penetrar en ellas.

En el otro mundo están los mortales ––algunos les llaman los bárbaros–– quienes son, realmente, aquellos que envidian lo que algunos lograron cosechar. Dicen que planearon su ataque desde meses antes, pero nadie se lo esperaba. Llegaron sin siquiera abrir fuego a discreción. Tomaron palos y piedras y ––con armas hechas por ellos y una que otra de hierro–– decidieron dar pie a su plan.

Los bárbaros actuaron infraganti y todo resultó según lo esperado; la tierra pacifista quedó ensimismada ante dicho ataque. Los otros no tenían con qué defenderse, mientras los rebeldes sitiaron la tierra prometida hiriendo a su paso a unos cuantos quienes nunca pensaron que quizá su vida podría haber terminado en un sólo instante. La destrucción de la base principal ––encargada de la difusión de información a la comunidad–– era el objetivo de los bárbaros y, la conquista del territorio, una oportunidad para darse a respetar y conocer al fin la gloria de la victoria y la dominación lograda mediante la violencia.

Los inocentes tuvieron que migrar de su lugar de origen, algunos buscaron ayuda pero ésta llegó tarde. Otros se arroparon en tribus lejanas mientras varios vieron que la muralla no era más que un señuelo casi de papel que fue penetrado por el fuego de la violencia de aquellos que nunca mostraron su rostro y que posiblemente se trataba de gente a la cual le robaron su lugar después de los tres años de preparación hacia la tierra prometida. Los bárbaros buscaron su venganza y la obtuvieron.

La muralla intercambió los bandos a pesar de que las fronteras unidas seguían existiendo; sin embargo, ahora la niebla había dominado las tierras de la sabiduría. El miedo de los bárbaros de seguir siendo aborrecidos por los inocentes terminó por convertirse en una preocupación donde el regresar a la tierra prometida ya no sería lo mismo para los letrados. La mancha de la maldad los había despojado de su patria y muchos se preguntaban si el volver sería lo adecuado… “¿Quién cuidará de nosotros ahora?, ¿la muralla ya no es segura?, ¿tendremos que migrar hacia otra de las tierras prometidas existentes?, ¿habrá que pelear pacíficamente como bien nos han enseñado nuestros mentores? ¿Es la violencia el único medio para ganar las batallas? ”.

La diplomacia y el bien hacer de los inocentes los llevó a un acuerdo. Fueron vencidos aquel día, pero sabían que su astucia y preparación los llevaría a recuperar lo que siempre les había pertenecido. El Sitio de la Tierra Prometida duró sólo dos días. Guerreros aliados de los inocentes trataron de cruzar las puertas de la barrera recién violentada, los bárbaros los recibieron con fuego y pedradas. No obstante, al tercer día, los inocentes fueron avisados de que las puertas de la muralla al fin estaban abiertas.

Algunos decidieron volver y lograron atravesar nuevamente las puertas hacia el camino de la sabiduría. Al cruzar del otro lado, el velo desapareció de sus ojos, los bárbaros se habían ido y fueron informados de esto por los altos mandos quienes lograron despojar a los rebeldes mediante el acto de la no-violencia.

Las preguntas, una vez manifestado el regreso a la tierra prometida, fueron: ¿Es en sí la muralla una forma clave de librarse de los grupos violentos o es el medio para resguardar a aquellos inocentes que preservarán el conocimiento? O quizás: ¿Es la muralla una forma de “violencia pacífica” materializada en su inmovilidad y majestuosidad?

La respuesta no es querer dividir a la población mediante la muralla, sino más bien  evitar la propagación de prácticas violentas que no llevan a un sentido. Atacar sin ser atacado, aprovecharse de la inocencia para destruir propiedades cuando realmente nunca se fue amenazado e irrumpir en un mundo en pro de la humanidad es saber que existe gente irracional y violenta detrás de las murallas no sólo físicas, sino también cognitivas.

El simple actuar de los bárbaros ha demostrado que la verdadera muralla no es la que ellos pueden ver, sino la que vive dentro de ellos plasmada bajo un sentir, una emoción, una idealización de lo que creen que deben hacer, pero que realmente no conocen porque simplemente nadie les ha dicho lo que es correcto hacer. Sus instintos siguen las pulsiones y los instintos de otros.

Actuar bajo las máscaras anti-identidad revela el bajo perfil de quienes están involucrados en estos grupos de violencia. Lo que hicieron puede tener perdón porque no saben en el fondo lo que hacen ni por qué lo hacen, sólo lo hacen porque los demás desean hacerlo para lograr un fin sin sentido.

Lo que únicamente les queda es perdonarse a sí mismos por saber que han errado al pertenecer a un grupo que no los llevará a conocer lo que bien pudieron haber conocido si hubiesen logrado ser aceptados en la tierra prometida, aquella en donde la muralla de la inocencia ha recobrado su luminosidad y la cual seguirá dando oportunidad a los redimidos quienes vengan en pro del conocimiento y la auto-reformación. Mientras tanto, ahora serán consignados porque la violencia no es un medio para un fin, sino ––como ya se vio–– es más un escape ante aquellas pulsiones incontrolables que deben aflorar aunque sean, en sí mismas, completamente irracionales.

Barbaros

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Crónica: Máquinas de tortura sobre ruedas.

El alumbrado público se difumina ante la gama luminosa de colores que impactan sobre los cristales de los autos hasta mezclarse en un reflejo plagado de niños acompañados por sus padres. Cruzo la banqueta hacia el otro extremo; la feria ha llegado a la colonia. 

Salta a mi vista un carrusel de carne y hueso con seis ponys atados a una máquina, que los incita a galopear a un ritmo que cualquier soldado envidiaría. El cansancio se hace notar en sus patas; sin embargo, la risa de los infantes los contagia para continuar hasta el último apagón. 

La calle está cerrada, el oscurecer de la noche resalta aquellos colores fluorescentes de cada uno de los puestos que si bien ofrecen botana y quesadillas, los hay aquellos que tratan de ganar unas monedas por el hecho de encestar en la canasta. Variedad de recuerdos me inundan por completo. 

Algo enigmático se asoma al final de la calle, ahí donde el alumbrado público se va opacando y lo único visible es una rueda de la fortuna, con focos de colores, impulsada por dos llantas que, por su aspecto, parecen tener un uso ya considerado. El peligro de la noche se ha hecho presente.

Alaridos de un muchacho, en lo alto de aquella rueda mecánica, se hacen presentes al decir: “No mames, está cabrón wey”. Cada palabra se difumina al momento en que aquella llanta peligrosa hace rechinar, mientras se observa como aquellos valientes luchan por mantener sus cuerpos en el asiento. 

Aquel escenario provoca en mí un grado de nerviosismo ante inmesa majestuosidad o podría decirse “monstruosidad”. La vuelta de ellos ha terminado. Mi amigo me voltea a ver con una mirada persuasiva; capto de inmediato sus intenciones. Ahora es nuestro turno.

Un pacto hecho con apretón de manos entre él y yo sirve como boleto de entrada. Dudosos antes de subir, volteamos a vernos uno a otro, mientras el operador espera con la mano extendida el peaje de cincuenta pesos. Nos dice con toda tranquilidad: “Súbanse”. 

Cuatro asientos de acompañamiento se muestran frente a nosotros, todos están ocupados excepto el de la esquina derecha. Por mi mente pasan aquellas noticias leídas sobre accidentes en las ferias sobre ruedas del D.F. Ya es tarde, el operador cual verdugo en plena guillotina, nos enjaula en aquellos barrotes de metal delgados. Mis manos se aferran a ellos y mis pies tratan de hallar un hueco del cual sostenerse. 

Sin previo aviso, el rechinido se hace presente. Mi cuerpo ha sido catapulteado hacia atrás y hacia adelante; los de enfrente alzan los brazos y empiezan a menearlos de lado a lado. Ha llegado el momento de cerrar los ojos esperando a que todo pase en cuestión de segundos. 

Vuelta tras vuelta la adrenalina se apodera de mí, grito por momentos, mi cuerpo está de cabeza, pero resisto a pesar de aquel temblor en mi pierna izquierda, que a causa de su salida del agujero, no accedía a calmarse por el resto del viaje. 

Abro los ojos por momentos, veo barandales y luces que atraviesan mi visión repetidamente: grave error. Al notar los primeros indicios de mareo los cierro y es cuando me doy cuenta que ahora vamos en reversa, mi cuello empieza a tensarse, trato de safarme de aquella posición; comienzo a sentir un apretón en mi mi nunca. Un movimiento en falso y sería el mal recuerdo de la celebración del día de hoy. 

Soporto hasta que vuelvo a escuchar el milagroso rechinido de la llanta, cual campana que marca el final del último round. Abro los ojos, he sobrevivido.

La alegría me invade al ver al operador que sube hasta mi jaula y me libera de aquella máquina de tortura. Piso el concreto y vuelvo a la realidad; sin embargo, sé que he llegado a la vejez al mirar hacia atrás y ver las risas en las caras de los niños. El miedo no se ha apoderado de ellos aún, imaginan lo mejor una vez que están arriba, mientras uno ve hacia el pasado y se percata que aquellos viejos años ya se han esfumado. La valentía inocente se ha desvanecido.